He escogido este poema porque me recuerda a las historias que me cuenta mi abuela materna de cuando en su infancia vivía en Pineda de Gigüela, su pueblo natural. Resulta que en octubre su casa se llenaba del olor a la flor del azafrán. En este pueblo antes se cultivaba esta preciada flor y en las tierras de sus padres, se participaba en su cultivo. En las extensiones de tierra de este pueblo alcarreño el morado se extendía sobre la oscura tierra, regada del sudor de la noble gente del campo, que con esfuerzo las recorrían bajo el sol para ganarse el pan. Hacían de su trabajo nobleza, pues nada hay más noble que mantener a la familia con esfuerzo. Orgullosos campesinos que con racimos de uvas honraban a su patrona cada fiesta del Rosario, para que bendijese sus tierras y santificase su trabajo. En la casa de mi abuela, se realizaba la importante labor de separar los encarnados hilos de la flor para almacenarlos y venderlos para que cocineros de toda España diesen color y sabor a guisos y paellas. Dice que su casa, la típica que hay en los pueblos, de fachada blanca y tejado de tejas oscuras, se llenaba de estas flores y una característica inseparable del octubre alcarreño era el olor al azafrán que embriagaba el ambiente y perfumaba cada recoveco de la vivienda durante semanas.
En este poema infantil observamos que se cumple una primera característica, que es la descripción subjetiva del mundo. La autora desde un primer momento nos traslada a un pueblo con sus casas blancas, a mí me transmite el sosegado ritmo de vida rural. Expresa de manera muy bonita las extensiones moradas que circundan los pueblos azafraneros con los versos que dicen:
"que cuando llega el otoño,
de la noche a la mañana,
amanece envuelta en flores,
dulces rosas aliladas".
La segunda característica la cumple, pero en este caso, hasta cierto punto, ya que el ritmo que añade a este poema no es tan musical como otros que realiza en este mismo libro. Por ejemplo hay uno dedicado al cuco en el que su ritmo contempla esa musicalidad y esa aspiración a ser recitado de manera alegre o cantado:
Cucú-cucú, canta el cuco,
cucú-cucú, porque llega,
cucú-cucú, raso marzo,
cucú-cucú, primavera,
cucú-cucú, brotes nuevos,
cucú-cucú, luz y primavera,
cucú-cucú, y las flores,
cucú-cucú, no se enteran.
En el caso de nuestro poema, añade ese ritmo con rimas asonantes en los versos pares. De esta manera, si, se otorga ritmo, aunque en mi opinión en el aspecto rítmico no es de sus mejores poemas.
La tercera característica, también la cumple, añade recursos estilísticos, que hacen bella esta composición, ya de por sí estilizada con un lenguaje cuidado y bonito. Por ejemplo observamos la metáfora de oro rojo de los campos en el séptimo verso refiriéndose a las hebras de color rojo que se encuentran dentro de la flor morada del azafrán y que adquiere un gran valor económico por su importancia en la cocina y la difícil obtención de su fruto. También en el verso siguiente, en el octavo se observa una figura retórica, la personificación, en este caso dice así: octubre de piel morada. En este caso, se otorga al mes de octubre la capacidad humana de tener piel.
En conclusión, la elección del poema ha sido sencilla por el carácter sentimental de la misma y las vivencias que me trasladó mi abuela sobre esta flor. Es un poema precioso, aunque, como ya he dicho quizás le falta algo de ritmo, que sin duda aparece brillantemente en otras composiciones de esta misma autora. Utiliza pocos recursos estilísticos, pues su abundancia seguramente haría de este poema demasiado complicado para que los niños lo disfrutasen.











